Mi calle

No sé si es esta tarde pálida, triste, llorosa que trae a mi memoria, insistente, la introducción de un conocido tango: “ Las callecitas de Buenos Aires tienen ese no sé qué… ¿viste?” Tampoco sé qué tienen las calles de mi barrio que me hacen sentir tan bien cuando las recorro, las gozo en los días de sol, las compadezco cuando llueve, porque se mojan, se embarran, pobrecitas, como las caritas de los pibes de las villas. Veo y reveo sus casas y siempre – ignoro a qué se debe este milagro – les encuentro algo nuevo, o algo diferente. Son otras los domingos también las calles cuando en el rutinario marco de mi existencia hago siete cuadras sin haber visto una sola persona, un solo vehículo. Y pienso: hoy a mi calle le falta algo. No es la misma. Nadie la transita. Sólo estamos mi sombra y yo. Sin embargo, siento que hay algo en el alma de mi calle, que quizás únicamente yo percibo porque no la recorro sin ver, sin pensar, sin soñar, sin esperar, sin comprender. Mi calle vive, como yo. Me acompaña en mis sentimientos momentáneos y en los permanentes, a veces tan distintos, incluso encontrados. Para mí, mi calle es mi vida: la transcurro, avizorando el final, acortando el paso para que tarde en llegar, pero sabiendo que inexorablemente, me conducirá a mí destino.
Teresa Sánchez

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